La consciencia del riesgo alejó a la banca española del subprime


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El papel del Banco de España ha sido clave para el desarrollo de una gestión prudente y ha promovido el control del riesgo de crédito por parte de las propias entidades.

El virus de las hipotecas subprime, oriundo de la banca estadounidense, se ha extendido a lo largo y ancho de los sistemas financieros más avanzados. La titulización ha sido el vehículo a través del que se ha difundido el contagio, hasta el punto de que en casi todos los países ha habido alguna entidad que se ha infectado. La banca española es una de las pocas excepciones, gracias, entre otras cosas, al papel que, a lo largo de los últimos años, ha jugado el Banco de España al establecer la prudencia como regla esencial de la gestión bancaria.

Entre las recomendaciones que hizo el Banco de España, una de las más acertadas a la luz de los hechos ocurridos, fue la de incluir en balance los riesgos en los que incurren las inversiones respaldadas por titulizaciones. Estas inversiones realizadas a través de vehículos conocidos como conduits, que se caracterizan por invertir en activos a largo plazo mientras se financian en el corto con papel comercial, se han desarrollado en otros países fuera de balance, así que el riesgo asumido por la entidad no tenía reflejo en su contabilidad.

Esta es una de las razones por las que, en los últimos meses, el mercado ha asistido perplejo al vía crucis de rebajas en las previsiones de beneficio y sucesivas revisiones al alza de las pérdidas previstas por parte de la mayoría de los gran bancos internacionales.

Esta indefinición en las pérdidas y la incapacidad para determinar exactamente dónde anidan los activos subprime que desencadenaron la crisis, impide que el mercado interbancario vuelva a funcionar con normalidad porque la desconfianza sobre la situación financiera de las entidades se ha extendido en el sector. Esta situación la ha evitado la banca española gracias a la regulación del Banco de España, como explica el presidente de la AEB, Miguel Martín. La supervisión del regulador se caracteriza por seguir muy directamente los riesgos de cada entidad.

La banca española ha titulizado activos para buscar financiación y no tanto para desprenderse del riesgo, como estaban haciendo entidades de otros países. Eso ha contribuido a que bancos y cajas en ningún momento relajaran el control sobre el crédito concedido, ya que siempre tendrían que responder directamente de los impagos.

Recientemente, el consejero delegado de Santander, Alfredo Sáenz, respondía así a la pregunta de si en España hay hipotecas subprime: “España tiene una supervisión muy buena y sería imposible que una entidad, aunque se volviese loca, pudiera dar muchas hipotecas de riesgo porque tendría al Banco de España pidiendo explicaciones ya al día siguiente”. Es un ejemplo de las incontables declaraciones sobre el papel del regulador que banqueros y expertos del sector han pronunciado en los últimos meses.

El propio gobernador, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, se ha sumado a los elogios, centrándolos en lo que hicieron sus predecesores en el cargo. En su intervención en la Comisión de Economía del Congreso el pasado septiembre, el gobernador destacaba que la banca española se enfrenta a un cambio de ciclo con una “amplia cobertura de los créditos dudosos mediante las provisiones que se han ido acumulando a lo largo de la etapa de bonanza. Creo que el papel que ha desempeñado el Banco de España promoviendo esta acumulación de provisiones es sobradamente conocido”.

Como en el cuento de la cigarra y la hormiga, bancos y cajas, durante años, han renunciado a parte de sus beneficios para ir guardando reservas para los tiempos difíciles. No siempre lo han hecho con buena cara. Cuando entraron en vigor las normas de contabilidad en 2005, muchas entidades se quejaron porque el Banco de España decidió mantener las provisiones estadísticas, aunque con el nuevo nombre de genéricas. Había quien decía que la banca española sufriría un agravio comparativo frente a sus competidores extranjeros. Pero ahora, como enseña la moraleja del cuento, las hormigas tienen su recompensa.

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